Entre los andes del distrito de
Pampachiri –provincia de Andahuaylas y casi en el límite con Ayacucho–
se esconde el bosque de piedra que, para algunos turistas, es el más
bello del país. Es un impactante paisaje de unos cinco kilómetros al
cual no es tan fácil llegar. Por Jorge Loayza.
El viaje desde Lima hasta Pampachiri fue toda una odisea que bordeó las veinte horas sentados en un bus y una camioneta que parecía buscar los baches a propósito, pero cuando llegamos al bosque de piedras de ese lugar sentimos que habíamos aterrizado en otro planeta.
¿Mañana van al bosque de piedras?, nos preguntó el guía en la noche mientras guardaba la camioneta en la que supuestamente deberían llevarnos a Puquio, en viaje de retorno. No había otra salida porque los dos únicos buses que pasan por Pampachiri en la noche con rumbo a Lima ya no tenían asientos disponibles. "Sí", respondí y sentí que una persona me maldecía muy cerca.
Al día siguiente, salimos a las ocho de la mañana de Pampachiri, un pueblo tan tranquilo que, a esa hora, solo un niño y su oveja cruzan la plazita de armas. La promesa era una hora y media de viaje, pero solo después de dos horas de ir saltando en el asiento posterior de la camioneta y observar bellos caballos bebiendo agua en manantiales, notamos unas rocas de formas extrañas al pie de un cerro en la zona conocida como Pabellones.
Algunas parecían hongos de piedra de hasta ocho metros de altura. La erosión había creado espacios que unas personas las han aprovechado para construir sus viviendas. Al lado, una inmensa roca había sido cortada por el viento de una manera tan rara que asemejaba una inmensa ola de piedra.
Las formas de las piedras lo pueden dejar a uno mudo... e inmóvil, como una roca. Los ojos celestes de Andrea –una norteamericana que realiza un estudio en la zona y recién conocía el bosque– se encendieron como reflectores. "Puedes tomarte una foto y decirle a tus amigos gringos que has estado en Marte", le bromeó uno de nuestros acompañantes.
La noche anterior, el geólogo Guillermo Maldonado Taipe –integrante de la ONG The Cusichaca Trust y que participa en un equipo de estudio– nos había explicado cómo se formó este bosque, además de mostrarnos fotos. "Este lugar se formó entre uno y cuatro millones de años y son materiales piroclásticos expulsados de los volcanes Sotaya y Qarhuarasu. Después, el viento y los ríos Yanamayu y Yuracmayu se encargaron de erosionar las rocas y se crearon esas caprichosas formas", señala el geólogo.
La sorpresa fue mayor cuando nos dimos cuenta de que el bosque continuaba. Luego de veinte minutos de viaje llegamos a un lugar más tupido, donde algunas piedras parecían brotar del suelo con sugerentes formas. El geólogo Guillermo Maldonado es de la idea de que, en la parte superior de las rocas, hay minerales como el cuarzo que han permitido que la erosión haya creado formas y colores muy especiales.
De retorno vimos a lo lejos una montaña que parecía un gigante convertido en roca. Pensé que el sufrimiento que significaba viajar por todo este inmenso bosque había valido la pena aunque, por momentos, deseaba que la camioneta se fuera a un abismo para no seguir padeciendo una trocha que casi no existía.
A lo lejos y esperando que los últimos visitantes se alejen casi al anochecer, una sombra se aleja pensando en lo triste que es su vida al no poder acercarse a nadie sin hacerle daño. Ni siquiera los animales se le acercan pues presienten su capacidad sobrenatural de convertir la carne en piedra.
Este hermoso y misterioso bosque de piedra era obra suya y de sus hermanos y antepasados, quienes al nacer con este estigma, fueron dejando en todo este territorio estas formas que al común de las gentes y a los científicos les parecen productos del capricho de la naturaleza, de la erosión o de la capacidad geológica, cuando en realidad, son el fruto de los Ojos de Piedra, o Rumi Ñahuis, quienes viven aislados y en total ostracismo de la sociedad rural que los rodea y que han sido desplazados poco a poco de sus lugares de exilio en Hatun Machay y Marcahuasi, quedando ahora solamente aquí menos de una decena entre ancianos y una pareja de jóvenes, de los cuales una de ellos agoniza.
Ya pocos de su raza maldita quedan con vida, pues las inclemencias del clima y la falta de alimentos, los han llevado a la casi extinción. El jóven observador, no es otro más que Pedro Ñahui quien ha intentado alcanzar las carpas de los turistas en más de una ocasión para tratar de robar medicinas que puedan ayudar a salvar a su hermana, ya que los remedios y brebajes de sus abuelos no pueden curarla de sus fiebres.
Pero esta suerte está por cambiar, cuando en su última incursión, es descubierto por un grupo de agentes de SHInc quienes equipados con equipos infrarrojos y cascos especiales, le piden que les acompañe a cambio de ayuda a sus congéneres. La crianza de Pedro lo lleva a luchar, pero es detenido por una misteriosa fuerza invisible, antes de poder llegar a quitarle el casco a uno de los agentes.
Una vez reducido, es conminado a rendirse en su misma lengua, el Quechua, aunque con un acento español muy notorio, y este deja que le lleven hasta su campamento donde los médicos llegan para atender a su hermana enferma.
El tratamiento será doloroso, pues su afección es muy rara y sus genes están degenerando, siendo la única cura, el análisis profundo de la biología de Pedro quien parece haber nacido inmune. Por los ancianos ya nada se puede hacer, pues todos poséen el mal en un estado muy avanzado y sólo la fortaleza de sus organismos les ha permitido vivir un poco más.
Los agentes preguntan sobre sus demás familiares y Pedro narra como la mayor parte de sus tios y sus propios padres lucharon con un gigante venido del cielo, días después de comenzada la plaga, al que luego de una desigual batalla pudieron petrificar, pero quedando tan mal heridos, que murieron de heridas graves a los pocos días. Solo los ancianos, su hermana y él pudieron salvarse. Los demás jóvenes ya habían muerto por la plaga que ahora aqueja a su hermana.
Pedro es observado por el especialista médico y le piden ser trasladado a un lugar lejos con mejor equipamiento y mejores atenciones, para poder ayudar a su hermana, pero con la condición de colaborar en todo lo que se le pida. Le explican además que él no es único y que hay muchos otros seres especiales como él que también colaboran con la humanidad, y que lo suyo lejos de ser una maldición, es un don que él deberá aprender a manejar. El consulta con los ancianos y estos le dan su bendición y la de los Apus, antes de dejarle partir con su hermana en brazos.
"Ahora tu eres el último de nuestra gente, y eres el último descendiente directo de Rumi Ñahui, quien peleó al lado de Pachacutec. Tu llevas el apellido de tu antepasado y ya nuestra hora está por concluir. Debes ennoblecer su nombre y ser valiente y leal, como él lo fue. Como nosotros lo hemos sido. Nuestra maldición ha acabado con nosotros y ahora es tu decisión el irte o quedarte a morir. Si te quedas, deberás afrontar la muerte de tu hermana. Por nosotros no te preocupes, ya hemos vivido suficiente en esta vida y estamos agradecidos por haber vivido honradamente y llevar esta marca con estoicismo, pero tu no puedes llevar la carga de una muerte más, trata de salvar a tu hermana, pues es lo último que te queda de tu familia, y sálvate tú. Ve con ellos "Rumi", se leal y valiente, como lo fue tu antepasado.
El helicóptero de rescate llega minutos después y un entristecido jóven deja caer lagrimas de dolor por sus abuelos y parientes mientras los ve alejarse tras la ventana, a través de la polvareda y la oscuridad, iluminados difusamente por las luces del aparato que ya levanta el vuelo. Su hermana descansa en una camilla con varias sondas y aparatos de medición que él no entiende, pero que espera puedan ayudar a salvarla.
"Rumi tenía solo 13 años cuando fue hallado y 8 su hermana. Era tan jóven y tan inocente, pero tenía mucha fuerza y valor."
[Extracto del reporte del Médico Jefe de la Operación ANDES90]
Archivo SHInc PE0000059-05121990

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