El ejercito Chanka había invadido ya la parte Este del valle Sagrado y
desde lo alto del desfiladero en el lado opuesto, Pachacutec en persona
supervisaba el movimiento de sus tropas desde las faldas de la montaña,
quienes iban prestos a librar combate, habiéndose movilizado desde la
cercana Fortaleza de Pisaq. La inclemencia del invierno, había causado
el derrumbe de la ladera en el momento justo en que el ejercito cruzaba
hacia el campo de batalla, llevándose consigo a más de la mitad de las
huestes del Inca.El dios sol, Inti, no dejaba ver sus rayos benefactores a través de los nubarrones grises e Illapa, el dios del trueno y los rayos, ya dejaba ver a lo lejos, las lanzas que arrojaba sobre la tierra, envuelto siempre entre nubes negras y lluvia.
Ante tal escenario, el Inca, clamó de hinojos sobre la tierra que sus antepasados y el mismo Inti le habían legado, y exclamó:
"Quiera tu voluntad hoy, Padre, que tus hijos mueran valientemente luchando contra fuerzas superiores, defendiendo tus tierras y a los que en ella viven. Si no es este tu deseo, escucha mi clamor y dame una muestra de tu poder, dame la victoria sobre tu enemigo".
En ese preciso momento, un hilillo de luz solar, cálida y fulgurante en dorado, descendió abriéndose paso entre los nimbos que se posaban sobre la montaña, y al llegar hasta tierra, dieron sobre uno de los guerreros de a pie del ejercito Inca. El rayo de luz, era apenas una línea de oro que se extendía desde el cielo, y ante el asombro de los guerreros, el que fue tocado se inflamó en luz áurea y argenta y comenzó a elevarse por los aires en un éxtasis tal que los demás hipnotizados ante la maravilla, elevaron un rugido de valentía siguiendo al elegido, quien ya estaba cruzando los aires y encaminandose hacia el enemigo.
Aquel día el Inca Pachacutec obtuvo la victoria y el guerrero elegido por Inti, le entregó la victoria. Hacíase llamar Antarki y traía consigo una vincha de Oro y Plata y un mensaje del Hanan Pacha para el Inca.
Pachacutec fue el más grande conquistador del Imperio Inca y Antarki paso a ser leyenda oral contada a los niños de generación en generación... hasta el día de hoy.
KoriSonqo era un joven robusto y muy trabajador, que vivía para contento de su madre, quien ya pintaba canas y siempre andaba dedicada a las pocas ovejas que le quedaban y a las tierras de cultivo que su esposo le había legado. Este había sido asesinado años atrás por los terroristas y ella le guardaba un muy estricto luto.
El joven de nuestro relato estaba estirado sobre el pasto en lo alto de una meseta, luego de dejar que las ovejas apacentaran a cierta distancia. Los terrenos donde pacer en aquella época eran algo escasos y sólo remontándose un poco más alto podía dar de comer a sus animales.
El siempre había soñado con poder hacer algo más, con salir al mundo y ayudar a su madre, a sus amigos y gente desvalida. De niño su padre había sido un hombre sencillo, pero honrado y había muerto defendiendo sus tierras y las de sus vecinos cuando fue atacado por la gente del MRTA.
El nunca había entendido porque dios le había arrebatado a su padre y ahora en la soledad de la meseta, lloraba recordándolo, de hecho, casi siempre lo hacía, pero luego, olvidaba la pena dedicándose a su pasatiempo favorito, que era el buscar huacas y tratar de hallar tesoros, cosa en la que siempre fracasaba, o tenía relativo éxito, pues lo máximo que había logrado conseguir habían sido algunos huacos o un aríbalo roto. Los huaqueros casi habían depredado por completo los alrededores y habían profanado las tumbas más de una vez, y él sólo podía aspirar a tener suerte algún día y hallar algo de valor suficiente para darle una mejor vida a mamá.
Pero aquel día, luego de ofrecer parte de su comida en ofrenda al Apu del cerro que pretendía explorar, algo le llamó la atención en una de las "ventanas" de aquel cerro. Un ligero resplandor llamó su curiosidad y salió raudo a trepar hasta donde lo había divisado.
El clima aquel día era limpio y el viento soplaba con suavidad. KoriSonqo Llegó a la parte alta del cerro y entró en el hoyo que a manera de ventana daba entrada a una habitación más grande. El polvo y las piedras había llenado el lugar y dentro el pudo ver que del techo una pequeña abertura iluminaba un fardo casi intacto. El pensó que de seguro era un cacique o incluso un Inca quien descansaba en paz en su interior, y con mucho cuidado abrió las mantas que envolvían al cadaver, hasta que pudo ver un resplandor en su interior y entonces supo que su suerte había cambiado para siempre.
Una hermosa vincha de oro y plata brillaba sobre las sienes de este difunto y KoriSonqo no pudo evitar sorprenderse con semejante hallazgo. Pero cuando estaba a punto de quitárselo al cadáver, una ola de remordimiento se apoderó de él y pensó para sí, que no era propio, y que sus antepasados estarían avergonzados de semejante acto de profanación. El nunca había robado nada y los huacos y pequeñas cosas que había encontrado siempre los dejaba en su lugar, pues prefería observarlos y hacer su propia copia en su casa.
Salió del lugar y dejo el fardo tal cual lo había hallado y selló la entrada con rocas grandes para que nadie lo hallase. Puso algún poco de tierra sobre el sepulcro y se retiró en paz, pero en ese momento, un rayo de luz se posó delante suyo y al correr a su encuentro halló la misma vincha que había rechazado robar. Era esa o una muy similar, pensó, y tuvo miedo de cogerla, pero un calor y un valor indescriptible se apoderaron de su cuerpo y mente y se la colocó. Cuando elevó los ojos al cielo, pudo ver las nubes casi como si las tocara y debajo a mucha distancia las ovejas que había dejado paciendo y la extensa región como nunca antes la había divisado... ¡Estaba volando!
A lo lejos unos pastores observaron una estela de luz dorada y blanca cruzando el rojizo cielo del atardecer y recordaron una leyenda que oyeron de niños.
Inti había premiado a un mortal más; un nuevo Antarki había nacido para traer orden.

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